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Diciembre 14, 2007 ¿SE PUEDE MEDIR EL VALOR DE LA ESTRATEGIA?
Hace poco un buen amigo me señalaba algunas de las trampas en las que todos podemos caer cuando hay que juzgar actuaciones y tomar decisiones. Quizás la más frecuente, decía, es plantearse incompatibilidades que no son reales. Y, para resolver estas aparentes incompatibilidades, buscar soluciones que también son aparentes y, por tanto, falsas. Como ejemplo, citó el caso de nuestra selección absoluta de fútbol. Hay personas que, por los resultados, piensan que hay una incompatibilidad entre el equipo español y hacer un buen papel en campeonatos internacionales de fútbol. Ante esta aparente incompatibilidad, la solución falsa que suele darse es la llamada victoria moral. En el mundo de la economía, durante mucho tiempo se pensó en la incompatibilidad entre paro e inflación. Y se dieron soluciones aparentes como el paro estructural y la inflación sostenible. En definitiva, concluía mi amigo, un mal análisis de un problema genera una incompatibilidad aparente que se resuelve con una solución falsa que tranquiliza a muchos. Con independencia de aceptar plenamente la validez de este análisis, reconozco que me ha ayudado a entender lo que, en el mundo de la empresa, suele caracterizar las relaciones entre estrategia y creación de valor. En efecto, ambos conceptos deberían estar íntimamente relacionados ya que la estrategia marca el camino por el que se desarollará el futuro de la empresa, y la creación de valor económico es una condición necesaria para la continuidad de un negocio. Sin embargo, en la práctica empresarial hay personas que actúan como si estrategia y creación de valor fuesen incompatibles, y califican de “estratégicas” precisamente a decisiones que hay que tomar a pesar de que los “números” no salgan, es decir, a pesar de que no resulten claras ni la rentabilidad ni la viabilidad económicas. En estos casos, la aparente incompatibilidad se resuelve con la falsa solución de las llamadas razones estratégicas: hay que invertir porque, a pesar de que previsiblemente podamos perder hasta la camisa, existen motivos “estratégicos” que no se pueden cuantificar, pero que aportan un valor que convierte en positiva la decisión. Para no caer en la trampa de la incompatibilidad entre razones estratégicas y valor económico conviene hacer algunas precisiones sobre ambos conceptos. El valor que se estima a través de la técnica del descuento de flujos de caja presenta una serie de limitaciones, tanto por la subjetividad de los supuestos como por el modelo que se utiliza. Entre las limitaciones del modelo quizás la más importante es que hay que emplear flujos de caja establecidos, tanto en su cuantía como en su momento, cuando en realidad la actuación futura de cualquier gestor no es la de un espectador pasivo, sino que gestiona el proyecto a la luz de los acontecimientos que se producen. Esta posibilidad de intervención ante un desarrollo concreto de acontecimientos futuros es lo que se llama flexibilidad operativa y, en ocasiones, puede tener una importancia relevante. En estas situaciones, el valor económico que se estima a través del descuento de flujos de caja infravalora claramente la creación de valor de la decisión que se analiza, al no incluir el valor que aporta esta flexibilidad operativa. Por otra parte, cuando se concretan las razones o motivos estratégicos arriba mencionados es frecuente identificarlos con una flexibilidad operativa que supone la existencia de opciones reales en el proyecto sobre el que se debe tomar una decisión. Es decir, poseer una opción sobre un activo real que confiere al propietario el derecho, y no la obligación, de llevar a cabo una acción en el futuro. Sería, por ejemplo, el caso de tener la opción de esperar por un tiempo, sin perder la posibilidad de invertir, ante la decisión de lanzar un producto sobre el que existe un alto grado de incertidumbre en su desarrollo tecnológico. O la cada vez más frecuente situación de invertir ahora en un negocio para lograr un posicionamiento que permita ser un jugador en el futuro, también por el aprendizaje que se consigue. En definitiva, las razones estratégicas se concretan con frecuencia, entre otras, en la existencia de opciones tales como abandonar, cerrar temporalmente, ampliar, cambiar de actividad o tecnología. En ambientes competitivos caracterizados por un alto grado de incertidumbre y un elevado valor de la flexibilidad operativa, identificar la existencia y cuantificar el valor de estas opciones suele ser la solución correcta a la aparente contradicción entre estrategia y valor. Posted on 14 Diciembre 2007 in Corporate, Corporate Trackback PingsTrackBack URL for this entry: CommentsPost a comment |
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