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En las últimas semanas hemos sido bombardeados, desde todas partes del mundo, con noticias que apuntaban a un cambio de rumbo en la política monetaria que ha venido implementando la Reserva Federal (FED) desde 2009, para tratar de reimpulsar a la economía estadounidense y volver a situarla en niveles previos a la crisis.

Este instrumento denominado Relajación Cuantitativa (Quantitative Easing en inglés) es una herramienta de la política monetaria utilizada por los bancos centrales cuando los tipos de interés están en unos niveles muy cercanos a cero y, por tanto, no es posible actuar sobre ellos. Se trata pues, de una política que se pone en marcha cuando los instrumentos de política monetaria habituales (tipos de interés y tipo de cambio) dejan de surtir el efecto esperado. Es asimismo, una política usada para desbloquear el crédito en las economías, haciendo fluir la liquidez en los bancos con la intención que se vuelva a prestar dinero a las familias y a las empresas.

La QE se basa principalmente en un programa de compras por parte del banco central nacional de un determinado volumen de activos financieros a bancos u otras instituciones financieras privadas. Los activos financieros adquiridos tienen, por lo general, un vencimiento superior a un año. Sin embargo y, al contrario de lo que suele suceder en una transacción convencional, el banco central no entrega directamente dinero a cambio de dichos activos, sino que lo que hace es reconocer un depósito a favor de dichas instituciones.

Por tanto, la Relajación Cuantitativa tiene como principal objetivo el influir sobre la oferta monetaria (aumentándola) y no sobre los tipos de interés (ya que no se pueden seguir reduciendo), al contrario que la política monetaria tradicional. Además de en Estados Unidos, esta política monetaria ha sido puesta en marcha en un en un gran número de economías de primer nivel tales como Japón, Reino Unido e incluso en Europa.

No obstante, la Relajación Cuantitativa no siempre tiene los efectos que inicialmente fueron previstos. De hecho, no puede ser vista como la panacea para todo tipo de problemas, ya que ocasiones el problema es muy superior al alcance de la propia QE. Además, puede darse el caso de que la intervención del correspondiente banco central no tenga un volumen lo suficientemente relevante como para influir en la economía nacional.

Uno de los problemas más frecuentes de la QE es su potencial efecto en la inflación a medio plazo, creando presiones al alza en los precios, aunque este efecto pueda ser rápidamente contrarrestado con políticas restrictivas, mucho más rápidas en hacer efecto.

En otras ocasiones, los objetivos de los programas de compra de activos de los gobiernos son tan amplios y ambiciosos, que obligan a mantener la política de relajación cuantitativa durante un periodo de tiempo tan largo que la hacen totalmente insostenible.

Precisamente, las previsiones de caducidad de la política de QE, aspecto que aún no se conoce a ciencia cierta, ha tenido unos efectos devastadores en las monedas de países emergentes. De hecho, la previsible retirada progresiva de los programas de Relajación Cuantitativa (y la consecuente previsible subida de tipos en Estados Unidos) se espera que provoque una salida de capitales hacia la primera potencia mundial que pondrá en aprietos a las ya de por sí resfriadas economías emergentes, que verán como sus monedas caen abruptamente.

En este sentido Cristine Lagarde, directora gerente del FMI, defiende una coordinación global, con políticas que reflejen la interdependencia y responsabilidad mutua entre países para planificar una retirada ordenada de las políticas de estímulo no convencionales que suavicen los efectos en determinados países, con el objetivo de no dañar la todavía frágil recuperación mundial. Las líneas de SWAPS han sido un elemento destacado por Lagarde como un instrumento muy adecuado para este fin.

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